ARTICULOS CIENTIFICOS
Peyote
El conocimiento transita por caminos insospechados
INSTRUCCIONES PARA UN VIAJE AL OTRO MUNDO CON BOLETO DE REGRESO
El tren nos dejó en Estación Catorce, un pequeño pueblo en el centro de México que nació y creció a un lado de las vías del tren y que servía de conexión entre el mundo mágico de Real de Catorce y el mundo convencional de afuera. A partir de ahí iniciamos hacia el poniente cuatro horas de caminata, las últimas dos en modalidad ascendente hasta alcanzar los 2,728 metros de altura con una atmósfera no muy rica en oxígeno, una noche con el cielo tapizado de estrellas y un extraño perro que surgió de la nada para guiarnos al inframundo de un pueblo en donde el tiempo parecía haber desaparecido dejando desnudas las calles y las casas de piedra como si hubieran estado ahí desde siempre.
Habíamos decidido tomar la ruta dificil de buscar, encontrar y cazar al jícuri en las montañas
que bordean lo que llaman desierto, y después de varios días de infructuosa búsqueda decidimos bajar al valle considerando que debíamos regresar a Real de Catorce cuando nos encontramos con un campesino montado sobre un asno al que preguntamos sobre el cacto sagrado y dónde podríamos encontrarlo, él hombre nos miró como si fuéramos extraterrestres y luego dijo: “¿Como esos que están ahí?” A escasos centímetros de donde nos encontrábamos parados estaban los tan apetecidos y buscados cactos, casi estábamos
encima de ellos. Eran unas cactáceas con forma de flor que se mimetizaban con el color de la tierra . El jícuri a través de aquél hombre que fungía como mensajero nos había levantado
la sanción y nos permitía participar en un antiguo ritual que nos acercaba a una realidad para entonces desconocida para nosotros. También entendimos que el jícuri no se da en las montañas sino que crece en el valle.
Ese fue el inicio de un largo recorrido en donde fui al encuentro de diversas experiencias, desde sentir y ver la falsedad de mi propia representación, de mi “yo”, o el “yo” de los demás, hasta percibir de cómo el milagro de la vida alimenta todas las cosas, la vida orgánica y la inorgánica, las piedras, los animales, los insectos, los pequeños charcos de agua depositados en las hojas de las plantas y en donde se refleja una miniatura de la luna, el tañido de plata de las campanas de la iglesia resonando lentamente en el valle, la presencia de los hombres en el pueblo, todo alimentado por ese espíritu luminoso porque sin él la materia no puede mostrarse con vida porque no la tiene. Esas cosas nos las enseñaba el jícuri.
Cada experiencia es diferente, y también cada raza, cada cultura. Los huicholes en su interior ven a un venado azul pero yo no soy huichol, en mi interior suceden otras cosas y veo otras imágenes, porque eso es lo que hace el jícuri al que lo injiere: Ver, ver hacia adentro de sí mismos y hacia afuera. El tiempo en el mundo espiritual no existe y el cacto nos lo hace notar con una gran claridad desde nuestro propio mundo material. Quizás por eso los huicholes, como una cultura que ha estado en contacto con el jícuri, flor sagrada del
desierto, desde tiempos inmemoriales, son ahistóricos porque para ellos solo existen dos tiempos: el momento del origen y el presente, en el medio no hay nada.
Después de nosotros como pioneros en esta singular cacería vinieron otras personas, muchos extranjeros, hippies, intelectuales, artistas, aventureros, buscando un atajo para la iluminación, una salida para su mundo convencional. El camino fácil. Pero no hay camino fácil, eso se aprende con el jícuri. Sobre todo si es cuesta arriba, porque el valle solo se aprecia desde la cumbre. Ciertamente no fue agradable el sabor del cacto porque es extremadamente amargo y siempre tuve que hacer un esfuerzo para tragarlo, vomitando las primeras ocasiones, pero era como si vomitara una parte de mí que no me agradaba para luego surgir a la luz, a la tranquilidad e infinitud de la noche y la casi desaparición del yo que produce una gran paz interior. Tenía que salir de mí para poder apreciar lo que hay afuera, que aunque es un mundo que siempre está ahí permanecía invisible para mis sentidos acostumbrados a tomar como real únicamente lo que se puede tocar, ver u oler.
No había ritual previo que antecediera a la ingestión, sin ayunos, sin meditación o alimentación especial, sin mantras, sin danzas chamánicas o derviches, sin rezos, nada, porque la voz del jícuri tiene la potencia para acallar todos los ruidos mundanos -o hábitos culturales- que nos hacen percibir el mundo material como algo separado de lo espiritual, y no nada más separado sino ausente de espiritualidad.
En las experiencias con el jícuri la luz resulta demasiado brillante por la extrema dilatación de la pupila y sobre todo por la dilatación del espíritu y la agudización de los sentidos, por eso el jícuri busca la noche y el silencio en donde las luces son suaves y los pensamientos están quietos como las hojas de un árbol en un día sin viento, y el alma se puede ensanchar, lejos del ruido mundano y de los pensamientos de la gente que se les puede percibir como cuerpos vacíos que se mueven, sin alma.
El desierto de Real de Catorce es el habitat ideal para una experiencia vital con el jícuri por la condición espiritual que conserva el pueblo, protegido por varias enormes montañas que parecen gigantes que guardaran celosamente secretos de muchos miles de años, con el cielo nocturno salpicado de todas las estrellas que puedan verse, el olor de la tierra húmeda y de la piedra, y el sabor amargo en la boca.
Mientras que la mentira siempre se endulza para que sea seductora, la verdad suele ser
amarga, como el jícuri.
Carlos Lobo Guerrero